Entrelazabas los dedos con mechones de tu pelo a la vez que trenzabas pensamientos.
Tus ojos cambian de color, azules de normal y verdes al pensar.
Tu sonrisa... ¡ay, tu sonrisa! se asomaba tímidamente, inconscientemente, a veces inconsistente, a veces paulatinamente y a veces de sopetón.
Encontraba bonito verte volver de ese estado de meditación ausente.
Yo estaba ahí cuando te ibas y estaba cuando volvías.
Formábamos una curiosa escultura en aquel parque: tú porque te quedabas pensando, yo porque me quedaba a observarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario